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Liderazgo pedagógico

Los estudiantes tienen la energía, la imaginación y la inteligencia necesarias para mejorar la situación en sus comunidades; lo único que necesitan es que se les pida que demuestren lo que pueden hacer.

Kathleen Kennedy

En un post anterior os decía que un buen líder es aquel que se ha trabajado a sí mismo y que está en condiciones saludables de guiar a otros en su propio desarrollo. Personalmente me encanta esta definición de líder ya que lleva implícita una serie de aspectos importantes que nos enmarcan en un paradigma diferente:

  1. La condición indispensable de que el líder se haya trabajado a sí mismo, es decir, que busque desarrollarse como persona, autoconocerse, potenciar sus virtudes y trabajar sus limitaciones, aprendiendo a estar en y con el mundo, en la búsqueda constante del bienestar personal.
  2. La intención de querer guiar a otros en su propio desarrollo, a que otros puedan desarrollarse a sí mismos y a autoconocerse, potenciando las virtudes de las personas y facilitando el camino de la mejora personal, siendo un modelo de autosuperación en la búsqueda del bienestar propio.

Partiendo de esta base, me gustaría acercar mínimamente la figura del líder al aula y para ello la primera pregunta que me gustaría responder es: “¿un profesor puede ser líder?”.

Como veíamos en el post que hacía referencia más arriba, el líder no se autoproclama sino que es escogido. La diferencia entre un docente y (lo que podríamos llamar) un líder pedagógico es que el primero es una autoridad oficial, estatus que proviene de los niveles superiores de la institución educativa, mientras que el líder pedagógico disfruta de una autoridad moral que proviene de los estudiantes, a través de un acuerdo voluntario entre los propios estudiantes y la figura del profesor. Esta diferencia tiene unas consecuencias directas en el tipo de relación que se establece, en tanto que el docente crea relaciones de dominio-subordinación y el líder pedagógico relaciones horizontales en las que se comparten una posición, unas normas y unos valores.

En base a lo que he explicado, podríamos definir el liderazgo pedagógico como el proceso de ejercer una influencia mayor de lo que permite o posibilita la propia institución educativa, hasta lograr que los estudiantes también sean líderes. En este sentido, para entrenarnos en el liderazgo pedagógico que comento hay una serie de requerimientos metodológicos que pasan por:

  1. Vivir desde la necesidad de cambios: la vida es cambio, por lo que nuestra práctica en el aula ha de poder adaptarse a las circunstancias y necesidades de cada momento. Como dijo Gandhi, “nosotros hemos de ser el cambio que deseamos ver en el mundo”.
  2. Actuar incondicionalmente: nuestra alternativa en la conducta pedagógica es doble: por un lado, podemos centrarnos en el tener y, en consecuencia, en la preocupación (tener un sueldo, tener un libro didáctico, tener una pdi o recursos tecnológicos, tener un buen director de centro…) o, por el contrario, podemos centrarnos en el ser y, en consecuencia, en la influencia (ser más fraternal, igualitaria y libre…).
  3. Revisar periódicamente el historial de diagnóstico pedagógico de los alumnos, con el objetivo de acercarnos más a la realidad específica de cada uno de ellos y tener una visión más holística de la persona con la que estamos trabajando.

Pero, ¿qué características debe reunir un profesor para gestionar su aula desde el liderazgo pedagógico? Para dar respuesta a esta pregunta me basaré en los comportamientos asociados que el diccionario de competencias clave atribuye al liderazgo, adaptándolo en la medida de las posibilidades a la realidad de un aula, y que se distribuyen en cuatro niveles:

  1. Nivel 1: Comunica y orienta al grupo
    1. Lidera bien las clases o sesiones: planifica lo que se va a trabajar y los objetivos específicos, controla el tiempo, asigna los turnos de habla, etc.
    2. Se asegura de que el grupo dispone de toda la información que necesita para hacer las tareas.
    3. Explica las razones que le han llevado a tomar una decisión que afecta al grupo o a parte del grupo.
    4. Mantiene una relación cercana con el grupo y conoce qué está pasando.
  2. Nivel 2: Promueve la excelencia y la motivación del grupo
    1. Utiliza estrategias complejas para mantener alta la motivación del grupo y para conseguir buenos niveles de productividad: asignación de equipos de trabajo y de tareas, distribución del espacio del aula, uso de los espacios del centro en relación con las tareas, etc.
    2. Escucha y promueve la participación y la aportación de ideas.
    3. Se preocupa por facilitar un buen clima de trabajo.
    4. Se asegura que las necesidades del grupo están cubiertas: obtiene los recursos y la información que necesita.
    5. Da instrucciones o demostraciones, junto con las razones subyacentes, como estrategia de aprendizaje.
  3. Nivel 3: Delega y desarrolla el grupo para conseguir aprendizajes significativos
    1. Delega responsabilidades transmitiendo confianza, formando y haciendo un seguimiento afectivo y efectivo.
    2. Facilita feedback positivo de mejora a cada estudiante para desarrollar y motivar.
    3. Desarrolla a cada estudiante según sus características e intereses.
    4. Establece planes de acción y ofrece sugerencias específicas de mejora.
  4. Nivel 4: Se posiciona como un líder y comunica una visión de futuro convincente
    1. Se asegura que el grupo participe de los objetivos, de la misión, del clima, de las normas, etc.
    2. Actúa como modelo a seguir.
    3. Tiene un carisma genuino, comunica su visión de futuro generando entusiasmo, ilusión y compromiso en el grupo.
    4. Genera alto compromiso ante los retos a conseguir.

¿Tienes alguna pregunta que pueda ampliar la información en materia de liderazgo pedagógico? ¿Conoces información que pueda complementar lo aquí expuesto? Como siempre vuestros comentarios son más que bien recibidos. ¡Os leo!

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Qué es Software Libre y qué no es

Cuando hablamos de Software Libre en realidad nos encontramos delante de una etiqueta que comporta no pocas confusiones. A menudo, cuando leemos esta etiqueta, solemos quedarnos con la vaga idea de que se refiere a algo de software. Por “software” entendemos el conjunto de programas, procedimientos y documentos relacionados con el sistema hardware de una máquina. Por tanto, parece que de lo que estamos hablando es de algo relativo a la informática. De la misma manera, con “libre” las interpretaciones suelen diferir de lo pretendido: la más común es la que establece una relación directa con la gratuidad. Si algo es libre lo que debe querer decir es que es gratis; como la barra libre. Una conclusión lógica de esta lectura de la etiqueta es que por software libre parece que hablamos de programas informáticos gratuitosNada más lejos de la realidad. Pero entonces, ¿a qué nos referimos realmente cuando hablamos de Software Libre?

Todo este tema se remonta a una experiencia personal que le tocó vivir a Richard Stallman cuando su impresora HP dejó de entenderse bien con su ordenador. Como experto y reconocido informático, el bonachón de Stallman solicitó a la compañía el código de la impresora para poder acceder al problema y así solucionarlo. Desde el otro lado del teléfono sonaron unas risitas de fondo acompañadas de una rotunda negativa. ¿Cómo iban a compartir la base de todo su negocio a otro informático?

En realidad esta es una experiencia que todos hemos vivido alguna vez en nuestras vidas: programas que dejan de funcionar, incompatibilidades de lenguajes… ¡¡en fin!! La diferencia en esta ocasión es que tal situación le hizo procurarse a Stallman unas cuantas preguntas. La más interesante: ¿cómo podemos aceptar que nuestras máquinas tengan control sobre nosotros cuando la relación tendría que ser a la inversa, es decir, ser nosotros los que tengamos pleno control sobre las máquinas? Rápidamente se dio cuenta que esto chocaba frontalmente con un aspecto clave de la informática conocida hasta la fecha: la privacidad. Este es el momento mágico en el que el genio de Stallman convierte una cuestión meramente informática (solventar un problema lingüístico entre dos máquinas) en una cuestión moral, una cuestión de libertades (versus control).

A nadie se le ocurrirá la idea de que al comprarse un libro, vaya implícita la obligación de comprar un traductor que le explique de qué va el libro; si yo me compro un libro quiero poder leerlo yo. Lo mismo pasa con una máquina: si yo me compro una máquina, quiero poder “leerla” yo. Esta es la cuestión meramente informática. Y con esto nos referimos a la campaña relativa al código abierto. Tampoco hablamos en esta ocasión de Software Libre; un despiste bastante común, no obstante.

Si bien es cierto que casi todo el software de código abierto es Software Libre y, por tanto, los dos conceptos describen casi la misma categoría de software, representan puntos de vista basados en valores fundamentalmente diferentes. La diferencia estriba, pues, en que el código abierto es una metodología de programación, mientras que el Software Libre es un movimiento social, que basa la idea de software libre en un imperativo ético porque solamente el software libre respeta la libertad del usuario; el software que NO es libre es un problema social, y la solución es parar de usarlo y migrar al software libre.

¿Qué libertades defiende el Software Libre?

Como decía más arriba, el Software Libre es un asunto de libertad, no de precio. Para entender el concepto debe pensarse en “libre” como en “libertad de expresión”, no como en “cerveza gratis”.

El software libre es una cuestión de libertad de los usuarios para ejecutar, copiar, distribuir, estudiar, cambiar y modificar el software. Más concretamente se refiere a los cuatro tipos de libertades para los usuarios de software:

  • La libertad de usar el programa, con cualquier propósito (libertad 0).

  • La libertad de estudiar el funcionamiento del programa, y adaptarlo a las necesidades (libertad 1).
    • El acceso al código fuente es una condición previa para esto.
  • La libertad de distribuir copias, con lo que puede ayudar a otros (libertad 2).

  • La libertad de mejorar el programa y hacer públicas las mejoras, de modo que toda la comunidad se beneficie (libertad 3).

Si observamos con detenimiento estas libertades, veremos que las dos primeras son de carácter meramente tecnológico. En cambio, la tercera y la cuarta son de un carácter más filosófico, un llamamiento a la solidaridad social.

Mi trabajo en el Software Libre está motivado por una meta idealista: difundir la libertad y la cooperación. Quiero alentar la difusión del software libre, reemplazando el software privativo que prohíbe la cooperación, y así mejorar nuestra sociedad, nos dice Stallman.

La libertad del código llama a la libertad social que lleva implícita la democratización del conocimiento. Esta última expresión relativa a la democratización del conocimiento se refiere especialmente a todo el marco legal del copyleft, el cual normativiza y legitima el uso del software tal y como se propugna en las libertades arriba citadas (en lo relativo a distribuir copias).

Nos gusta pensar que nuestra sociedad promueve el ayudar al vecino cuando en realidad nos acostumbramos a recompensar a alguien por obstaculización, o admiramos a alguien por la riqueza que obtienen de esta forma. Menuda contradicción, ¿no? La acumulación de software privativo es una expresión de nuestra disposición general a la indiferencia hacia el bienestar de la sociedad y el bien personal. El espíritu antisocial se nutre de sí mismo porque cada vez que vemos que la gente no nos ayuda, más vano nos parece ayudarlos. Y así la sociedad degenera en una jungla.

Si no queremos vivir en una jungla, debemos cambiar nuestras actitudes. Debemos empezar enviando el mensaje de que un buen ciudadano es aquel que colabora cuando es apropiado, no aquel que es exitoso cuando coge de otros.

El movimiento por el Software Libre contribuye en este sentido: al menos en un área, reemplazaremos la jungla con un sistema más eficiente que anime y se base en la cooperación voluntaria.

Para leer sobre la importancia del Software Libre en las escuelas, consulta el artículo aquí enlazado.

Comentarios, dudas, sugerencias o correcciones, escribid un comentario aquí abajo 😉


Consenso democrático

Hace ya algunas semanas tuve la suerte de toparme con @luisutopia a través de Twitter. Este compañero educativo está trabajando en la tesis en torno a la investigación-acción y la verdad es que se puede aprender muchas cosas interesantes de su persona y de su profesionalidad. Luis cree en lo que hace, luis hace lo que cree.

Después de leerme detenidamente sus conclusiones a propósito de su primera experiencia de investigación-acción en el aula de música, caí en la cuenta de lo relevante que resulta reformular y reconceptualizar conceptos tan importantes en nuestra era como el de democracia. Con el paso de los años, una se da cuenta de lo distorsionado del concepto en el aquí y ahora. La democracia, legado que nuestros griegos dejaron a la humanidad, ha sufrido cambios importantes de significado que se han demostrado ineficaces política y socialmente (otra cosa es que los dirigentes lo quieran reconocer). ¿Qué significaba para los griegos hablar de democracia?

Si bien las condiciones demográficas han cambiado con respecto a la era de máximo apogeo para la cultura griega, y la organización social, política y económica no tienen nada que ver con aquellos cultos clásicos, sí que merece, con un poco de voluntad, reconducir la democracia y recuperar su significado más profundo e igualitario.

-Si queremos que nuestro entorno más cercano, nuestra sociedad, nuestro mundo sean cada vez más libres, desde el respeto a las diferentes formas de pensar, de actuar, de vivir, tenemos la responsabilidad, como educadores, de promover y contribuir al desarrollo democrático de la sociedad- dice Luis. El secreto, confiesa, está en conseguir un espacio concreto en nuestras aulas de auténtica participación por parte del profesor y de los alumnos, de unas interacciones internas al aula realmente democráticas donde no haya distinciones jérarquicamente verticales, sino donde todos (profesores y alumnos) estén a un mismo nivel; y es que la única forma de aprender la democracia es conviviendo y haciendo de la escuela un espacio auténticamente democrático. En definitiva, la democracia y la educación han de perseguir un fin común: la mejora de las condiciones de vida, delpensamiento, de las relaciones sociales de la ciudadanía, basándose en la perfectibilidad del ser humano.

Estudios en esta materia, recuerdan algunas de las condiciones de las que depende una democracia, como resumo aquí:

  1. La libre circulación de ideas.
  2. La fe en la capacidad individual y colectiva de las personas.
  3. El uso de la reflexión crítica y el análisis.
  4. La preocupación por la dignidad y los derechos de los individuos y las minorías.
  5. La necesidad de vivir conforme a valores democráticos.
  6. La necesidad de instituciones sociales que promuevan y amplíen la forma de vida democrática.
  7. La necesidad de una democracia unida, necesariamente, al trabajo en favor de la igualdad y la justicia social.

Ciertamente, la democracia es ante todo una actitud que debe impregnar todas las decisiones, relaciones y actuaciones de un aula. El aula, como célula mínima, básica y fundamental del sistema educativo, es el punto donde debe comenzar el trabajo democrático. De poco servirían leyes educativas muy comprometidas con la democracia si luego, al cerrar la puerta de nuestra aula, no posibilitamos que todas estas ideas se pongan en práctica– continúa Luis. Para ello, el autor nos habla de las siguientes sugerencias en cuanto a la aplicación de los principios democráticos en el aula:

  • Acercamiento de la escuela a la realidad social, con la finalidad de introducir las ideas sociales en el aula y producir un tipo de conocimiento que permita actuar sobre dicha realidad. La escuela no ha de ser un coto cerrado a la vida real, sino más bien un contexto donde reflexionar y a la vez hacer propuestas de intervención sobre la realidad.
  • Necesidad de considerar la educación no como un mero procedimiento técnico, sino como una práctica moral y política.
  • Deshecho de la coacción, los sobornos y las presiones.
  • Dentro de las normas de convivencia consensuadas en el aula, motivación para que alumnos y alumnas “sean ellos mismos”, sin diferenciar su forma de actuar en la escuela y en su vida real.
  • Posibilitación de la justicia social compartida y consensuada en el aula entre todos y todas las participantes y que ésta impregne todos los elementos del currículo.

A mi modo de ver, la única forma para recuperar una verdadera democracia que no se limite al gobierno de una mayoría sino que represente de forma consensuada a todas las voces de una población pasa por buscar la relación entre consenso y disenso. Como dice Hoyos Vázquez, todo consenso debe dejar lugares de disenso y todo disenso debe posibilitar nuevos caminos. Así pues, los consensos obtenidos en el aula tendrán siempre en cuenta que pueden existir puntos de vista distintos a los de la mayoría, con lo que se debe respetar y, en la medida de lo posible, atender ese tipo de discrepancias, teniéndolos en cuenta a la hora de planificar nuevas actuaciones y para la mejora de lo ya existente. En realidad, de lo que se trata es de potenciar una escucha activa a todas las voces (mayoritarias y minoritarias) dentro del aula y potenciar la creatividad en busca de soluciones que contenten a todo el mundo.

Esto que a priori podría parecer harto difícil, en la práctica es una cuestión mucho más sencilla que surge de forma espontánea. Por mi experiencia personal en la implementación en el aula de un sistema democrático de negociación, resulta casi mágico observar cómo en la práctica diaria el disenso acaba abriendo nuevos caminos de consenso que dan conformidad a todas las voces participantes.

Y si no me creéis, haced la prueba vosotros mismos 😉


Aula EdEm

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