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Liderazgo

A lo largo de mi trayectoria profesional, desde que me introdujera en el mercado de trabajo, han sido varias las ocasiones en las que he tenido que hacerme cargo de la dirección y/o gestión de equipos de trabajo. En todas estas ocasiones, y visto en retrospectiva, la inexperiencia de la vida ha jugado un papel decisivo en mi propio rol dentro de la organización para la que trabajaba y dentro de los equipos de trabajo, no tanto para conseguir el éxito de las empresas acometidas, sino por el poco jugo personal y profesional que pude sacarle a estas oportunidades que mi carrera me presentó.

Como digo, esta conclusión sólo es posible hacerla en retrospectiva, desde la visión que hoy tengo de los equipos de trabajo que, con el paso del tiempo y los nuevos aprendizajes adquiridos estos últimos años trabajando por mi cuenta, dista mucho de aquélla que pude tener en su día cuando me tocó dirigir un equipo de profesionales. Por aquel entonces, las necesidades de la organización, la confianza del equipo directivo y los conocimientos técnicos, entre otros, eran motivos más que suficientes para que nadie cuestionara mi autoridad en la materia que teníamos entre manos. En este sentido, mi rol se limitaba a delegar responsabilidades, pedir cómo necesitaba que se resolvieran determinados aspectos, distribuir trabajo… Esto, entre otras funciones, es lo que hoy entiendo por dirigir un equipo de trabajo.

En el transcurso de estos últimos años, y paradójicamente, cambios en el sector profesional me han llevado a repetir la necesidad de liderar un nuevo equipo de trabajo. A decir verdad, no me siento más preparada de lo que pudiera sentirme cuando me plantearon esta posibilidad por primera vez, la verdad sea dicha; sin embargo, sí que he obtenido nuevos aprendizajes que me hacen ver esta misma situación de una manera muy diferente y, por tanto, también vivirla de una manera diferente. También las condiciones sociales y culturales han cambiado en los últimos años, especialmente en cuanto a la definición en el mercado de trabajo de unas competencias deseables en los trabajadores que varían dependiendo del sector profesional. Una de estas competencias que, a mi modo de ver, es de las más transversales y necesarias para un gran número de puestos de trabajo en cualquiera de los ámbitos existentes es la de liderazgo.

El liderazgo es algo muy diferente a la dirección de un equipo de trabajo, o a la jefatura en último término. Según se define en el diccionario de competencias clave que ha elaborado Barcelona Activa, “liderazgo supone la intención de asumir el rol de líder de un grupo o equipo de trabajo. Implica el deseo de guiar a los otros. El liderazgo acostumbra a estar, pero no está siempre, asociado a posiciones que tienen una autoridad formal”.  En este sentido, me gustaría matizar algunos aspectos que mi experiencia me ha enseñado que necesita un buen líder:

  • En primer lugar, un buen líder es aquel que conoce la estructura y los objetivos de la organización y del grupo o equipo de trabajo.
  • En segundo lugar, un buen líder consigue que los miembros del grupo o del equipo de trabajo compartan una visión previamente elaborada, así como un objetivo común movilizador; y es capaz de ofrecer una retroalimentación positiva y eficaz al resto de los participantes o colaboradores.
  • Tercero, el buen líder contribuye a la unidad de la organización, desarrollando mayores niveles de confianza, espíritu de servicio y sentido de responsabilidad en las personas del grupo o equipo de trabajo. Así, ayuda al establecimiento de un clima de relación armónico en el que se pueden compartir emociones de forma abierta.
  • Cuarto, un buen líder detecta las potencialidades de cada participante o colaborador de manera que amplifica las posibilidades del grupo o equipo de trabajo.
  • Por último (y no por ello menos importante), un buen líder es capaz de crear espacios atractivos donde los participantes o colaboradores trabajen desde el bienestar y el placer personal y profesional.
En base a esto que explico, me parece interesante aclarar un par de cuestiones que acabarán, espero, de clarificar el rol de líder:
  • El líder no se erige, sino que lo eligen. Para mí ésta es una de las diferencias sustanciales a las que he tenido que hacer frente (y sigo en ello) en mis necesidades profesionales. En particular, el diseño de los proyectos educativos de mi propia mano podría ser motivo más que suficiente para que mi autoridad quedara más que clara. Ahora bien, ¿qué beneficio reporta al equipo de trabajo o al propio proyecto el hecho de afianzar mi autoridad? La respuesta es clara y evidente: ninguno. ¿Las personas implicadas en el proyecto van a estar más contentas por el hecho de tener clara una jerarquía? No. Es más, ¿tengo ganas de establecer una jerarquía vertical en el ambiente de trabajo donde participo? Claramente, tampoco.
  • Ésta última pregunta, lejos de ser caprichosa como pudiera parecer, es vital para dar un paso adelante en cuestiones de liderazgo, ya que este rol debería rotar entre los diferentes participantes o colaboradores del equipo de trabajo en tanto que, según las necesidades del equipo en cada momento, una persona será más o menos efectiva como líder según sus propias competencias y habilidades y su capacidad de adaptación a la dificultad del momento. De esta manera, creo importante que los participantes o colaboradores mantengan su atención en el equilibrio entre la demanda de la propia situación y la oferta de los recursos dentro del propio equipo de trabajo, permitiéndose “delegar” el rol de liderazgo a las personas que puedan ajustarse más al líder (definido más arriba) según la situación del momento.

Por tanto, y en consecuencia de todo aquello que se explica en este post, podemos constatar que efectivamente un buen líder es aquel que se ha trabajado a sí mismo y que está en condiciones saludables de guiar a otros en su propio desarrollo. En este sentido, cada vez estoy más convencida de que los ámbitos personal y profesional deben converger en un desarrollo paralelo, ya que cada vez más, el mercado profesional exige de trabajadores competentes y saludables en sus propios recursos personales. Es en este punto, donde, retomando el hilo conductor del blog, cobra sentido el hecho de educar a los más pequeños en su propio desarrollo personal, paralelamente a que se continúen trabajando las cuestiones más académicas, con el objetivo último de facilitar posibilidades futuras para una mayor adaptación a las cambiantes condiciones del mercado profesional.

Creo que este debate es amplio e interesante. Por este motivo, os recuerdo que vuestros comentarios siempre son más que bien recibidos, y serán respondidos con sumo cariño. Esta conversación nos atañe a todos, y seguro que aportaréis aspectos interesantes que a mí se me escapan en esta materia. ¡¡Os espero!!

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[Edito 29 de marzo de 2012; 12:10]

Os dejo a continuación una relación de posts que complementan muy bien el concepto de liderazgo:

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¿Educación emocional?

En toda esta vorágine de renovación pedagógica en la que me encuentro inmersa desde hace unos meses, se hace imprescindible volver a plantearse aquellos aspectos que un día se colocaron en el centro de actuación y que, de una forma imperceptible, se convirtieron en verdades incuestionables. Cada día las ideas evolucionan hacia una meta aun por definir. Y el acto de educar en las emociones, en medio de todo este continuo rehacerse, se resignifica una y otra vez hasta que un día, tal como hoy, una decide pararse un momento y replantearse el motivo de todo este peregrinaje. Miro a mi alrededor*:

Hoy ha venido mi jefe a echarme la bronca por el último proyecto en el que estoy trabajando. Ciertamente, ando algo despistada últimamente y no consigo concentrarme en el trabajo. Los resultados saltan a la vista de cualquiera, y el jefe no es una excepción. Juana (46 años).

No soporto a mi mujer últimamente. No para de repetirme continuamente que no hago nada en casa. Es incapaz de ver que llego reventado del trabajo y que de lo único que tengo ganas es de sentarme en el sofá, tomarme una cerveza y ver tranquilamente la televisión. No sé cómo se lo monta ella para llevar su trabajo, la casa y los niños adelante; será que no hace nada en su trabajo, y los niños, la verdad, son muy tranquilos. Marcos (49 años).

Mis novios son todos unos impresentables. La verdad es que tengo muy mala suerte con los chicos. Al principio todos se muestran muy amables y después… ¡oh! ¡Después te la pegan! Juliette (32 años).

La falta de autoestima (en una pobre habilidad asertiva), de empatía o de responsabilidad ante los propios actos pueden hacer que estas tres situaciones hipotéticas se conviertan en algo normal en nuestra sociedad. Ahora bien, veamos lo que pasa a continuación*:

Hoy ha venido mi profe a echarme la bronca por el último trabajo que estoy haciendo. Es verdad que estoy algo despistado últimamente y no consigo concentrarme en las tareas de clase. Luis (11 años).

No soporto a mi madre últimamente. No para de repetirme continuamente que no hago nada en casa. Es incapaz de ver que de lo único que tengo ganas es de sentarme en el ordenador, tomarme una coca-cola y ver tranquilamente la televisión. Jordi (9 años).

Mi novio es un impresentable. He tenido muy mala suerte con este chico: al principio muy mono, pero luego… Ivette (12 años).

¿Os resultan familiares estas situaciones? ¿Conocéis algún niño o alguna niña que haya dado una respuesta similar? En caso negativo te doy la enhorabuena, has ido a toparte con las únicas excepciones a la vista 🙂 Lo habitual es que la respuesta ante la pregunta sea afirmativa y, por desgracia, cada vez más habitual.

Ciertamente, el parecido entre las situaciones descritas para los tres adultos y para los tres menores son asombrosamente parecidas. Y si nos fijamos, todos podríamos encontrar similitudes en las respuestas comportamentales y/o verbales entre el mundo adulto e infantil. Esto es así porque sólo podemos enseñar aquello de lo que sabemos. ¿Y cómo vamos a enseñar a gestionar nuestras emociones y a desarrollar habilidades sociales si no sabemos hacerlo con nosotros mismos?

Responder a esta pregunta es clave para comprender el porqué de la necesidad de un cambio imprescindible en la escuela actual, esto es, introducir la educación emocional en los currículos de tal forma que se permitan los procesos de enseñanza-aprendizaje en la gestión de las propias emociones y las habilidades sociales.

Sin embargo, en los tiempos que corren me resulta habitual encontrarme con muros que rechazan de pleno cualquier idea que gire en torno de las emociones. En pleno siglo XXI resulta fascinante encontrarse con personas que aun se cuestionan para qué sirven. Inmersos en una sociedad donde todo cambia constantemente en apariencia, donde se focaliza hacia la teoría y se obvia la buena práctica; en una sociedad donde nadie se cuestiona nada a cambio de seguir gozando de horas de consumo “emocionante”; en una sociedad individualista que ha perdido el rumbo de lo moral y lo ético, más allá de un dogma aun prevaleciente; en esta sociedad donde prima el tener en lugar del ser

Y lo cierto es que cuando reviso todas aquellas historias con las que he compartido parte de mi tiempo en la escuela durante estos últimos años, no puedo evitar remarcar esas faltas de autoestima, esas rabias contenidas, esos nerviosismos acumulados, esos abusos reprimidos… que acompañaban a esas historias. Y no estoy hablando de casos familiares drásticos, sino de cualquier niño o niña que convive con nosotros, sobre el mismo solar social. En un mundo donde las emociones no tienen cabida, nuestros niños y nuestras niñas adolecen de las mismas, sin posibilidad de encontrar una vía de salida sana. ¿Cuántos niños o niñas más hay que ignorar para comprender que soledad, rabia, tristeza o miedo son palabras habituales en su infantiles vocabularios? Si los escucháramos un poco más… ¿Nos pelearíamos todos entonces para introducir una educación emocional en las escuelas?

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* Personajes y situaciones hipotéticas.


Ecología emocional

Desde hace cuatro años tengo el placer de disfrutar de las sinergias que se crean dentro de mi grupo de crecimiento, en el seno de la Fundació Àmbit, una fundación sin ánimo de lucro que apuesta firmemente por el crecimiento personal de las personas y por un impacto positivo sobre nuestro mundo.

Cuando empecé no tenía claro qué era aquello de crecimiento personal. Con el paso del tiempo, esta idea ha bebido de numerosas fuentes sobre las que he profundizado enormemente y otras que he mirado de experimentar personalmente, especialmente al concepto clave que parte de la Fundación Àmbit: Ecología Emocional.

Este concepto fue encuñado por Jaume Soler y Mercè Conangla hacia el 2002, y viene a hacer un paralelismo entre las prácticas para un mundo exterior más sostenible y las prácticas para un mundo interior más saludable. El concepto descansa, pues, en un sentido de construcción desde dentro hacia fuera, es decir, el equilibrio exterior es una proyección del equilibrio interior. Desde esta perspectiva, la responsabilidad tomada con uno mismo, conlleva implícita la responsabilidad con el mundo que nos rodea, ya que “un món interior i exterior emocionalment més ecològic no s’improvisa ni es troba fet. Cal prendre consciència de que formem part d’un ecosistema humà i natural en el que tots som peces importants i que influïm en el conjunt” (Fundació Àmbit, 2010).

Pero, ¿qué quiere decir el concepto de ecología emocional? Parafraseando a Mercè Conangla, entendemos por Ecología Emocional el arte de transformar la energía que nos da toda emoción de tal forma que podamos canalizarla y dirigirla hacia la mejora de nosotros mismos, hacia la mejora de las relaciones con los demás, y hacia la mejora del mundo que nos rodea.

Y es con este concepto, el de Ecología Emocional, con el que inauguro una nueva colección de posts en el blog centrados en ese trabajo de positivización de nuestras emociones.

Aprovecho para recordaros que vuestros comentarios siempre son bien recibidos porque a partir de ellos todos crecemos, y yo la primera 🙂


Las emociones negativas son positivas

Hoy me ha llegado a mi correo personal un mensaje promocional de un taller que trabaja sobre las emociones. A continuación os copio parte del texto que me han enviado:

Las emociones determinan la calidad de nuestra existencia. Las hay en todas las relaciones: con los otros -trabajo, amistades, familia y relaciones íntimas-, con nosotros mismos y con el mundo en general. Las emociones nos pueden salvar la vida, pero también nos pueden hacer mucho daño. Nos pueden llevar a actuar bien, con realismo y eficacia, pero también nos pueden conducir a actuaciones de las que nos arrepentiremos. Las emociones, incluso, nos pueden provocar enfermedades y estados de ánimo que nos amarguen la vida a nosotros y a los demás. Es por esto, porque queremos salud emocional, que necesitamos soluciones emocionales.

La verdad es que leyendo esto, a una le dan ganas de buscar esas emociones y tirarlas al cubo de la basura. Pero creo firmemente que esta no es la solución a los problemas que estas emociones, mal llamadas negativas, nos puedan causar. De hecho, no creo que las emociones sean la causa de nuestros problemas en las relaciones con los otros -trabajo, amistades, familia y relaciones íntimas-, con nosotros mismos o con el mundo.

Desde mi punto de vista, las emociones son un sistema de información de nuestro estado presente. Desde esta perspectiva, no existen emociones positivas ni negativas, sino que, aprendiendo a “leerlas” de forma adecuada, todas las emociones pueden resultarnos útiles para generar comportamientos más adaptativos.

A menudo suele suceder que no hemos aprendido a escuchar lo que nuestro sistema emocional nos informa. Arrastramos patrones de comportamiento infantiles y desadaptativos con nuestro entorno, que mal aprendimos en nuestra infancia; o que no aprendimos a regular, mejor dicho. Y es que, ciertamente, la mayoría de nosotros hemos dedicado poco tiempo a conocernos y a adecuar nuestra conducta a la realidad adulta. El sentido común nos dicta que lo que debemos es aprender a controlar nuestras emociones. Personalmente, creo que esta certeza es limitadora y poco efectiva, como podemos fácilmente comprobar en las interacciones que se producen en nuestro día a día. No se trata de controlar las emociones, sino de gestionarlas.

Pero rebobinemos un poco. Un paso imprescindible para trabajar con nosotros mismos pasa por comprender que emoción y conducta son dos fenómenos diferentes. A menudo solemos confundir lo uno con lo otro. Pondré un ejemplo para hacer más ilustrativo lo que quiero decir: estoy triste, luego lloro. ¿Las lágrimas son la tristeza? La respuesta es negativa; siendo que el acto de llorar es la respuesta (conducta) que le damos a la tristeza (emoción). Llorando nos desahogamos, vaciamos parte de esa sensación que nos oprime el pecho, pero no es una respuesta exhaustiva; otros pueden optar por ocupar la mente en actividades determinadas (videojugar, leer, ver la TV, comprar, etc.) para tomar distancia con la tristeza. En este sentido, la mejor respuesta es la que nos proporcione mayor satisfacción a corto, medio y largo plazo.

Una vez hemos aprendido a diferenciar lo que le corresponde a la emoción y lo que le corresponde a nuestra conducta, cabe insistir en la responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos para con nosotros mismos. A menudo solemos atribuir las situaciones de nuestra vida a factores externos como puede ser la suerte, la actuación de los otros o las emociones. Si bien es cierto que no somos causa de todas y cada una de las circunstancias de nuestra vida (nadie busca tener un cáncer), sí tenemos una elevada responsabilidad en lo que nos sucede. Creo muy importante asumir este papel de responsable para poder hacer un trabajo efectivo con nosotros mismos y poder, así, tomar partido de forma activa en nuestras respuestas a cada momento, creando conductas más adaptativas y satisfactorias.

Una vez asumida nuestra responsabilidad podemos aventurarnos en un último paso, esto es, detectar las conductas con las que damos respuesta a cada una de las emociones. Aquellas respuestas desadaptativas las podremos cambiar paulatinamente por otras que nos proporcionen mejores resultados. Dicho así puede parecer un trabajo sencillo, pero la verdad es que no lo es. En realidad es un trabajo que requiere de grandes dosis de voluntad, valentía y fortaleza. A fin de cuentas lo que en realidad estamos haciendo es luchar contra nosotros mismos, desnudar por completo nuestras limitaciones, y cambiar patrones de conducta bien instalados en nuestra estructura mental. Parar a mirarse uno mismo, detectar “errores del sistema”, proponer un cambio positivo y llevarlo a cabo, son tareas en las que se fallarán más de una vez; hace falta persistencia para no abandonar a la primera de cambio. Sin embargo, a medida que se van consiguiendo mayores logros, el beneficio es enorme.


Del autoconcepto al éxito

Los fracasos no son derrotas, son peldaños para alcanzar objetivos más altos.

Ernesto, el protagonista de película argentina “Un lugar en el mundo”, se ha marcado el propósito de alfabetizar a Luciana, incluso en condiciones realmente adversas (tiene que hacerlo a escondidas y ha de transgredir una prohibición). Sin embargo, la condición más adversa la encontraría en su alumna, quien se rendía incluso antes de iniciar la tarea, respondiendo con un descorazonador “No puedo, no puedo, ¡es que soy muy burra!”.

Este episodio ilustra muy bien la importancia del papel que juegan el autoconcepto y la autoestima en los procesos educativos. En realidad, existe una relación destacable entre la forma de verse a sí mismo y la inhibición/enfrentamiento requerido durante el aprendizaje. Mientras que el autoconcepto incluye un conjunto amplio de representaciones que las personas tienen de sí mismas, la autoestima se refiere al conocimiento de uno mismo e incluye juicios valorativos.

Son muchos los estudios que avalan las estrechas relaciones entre una autoestima positiva y un éxito académico, si bien no se sabe con certeza el sentido de esta relación: ¿es una buena autoestima lo que influye en unos mejores resultados, o son éstos últimos los responsables de una alta autoestima? En nuestra opinión, la relación es circular de forma que una buena autoestima estimula un mejor resultado, a la vez que un buen resultado potencia una autoestima más positiva.

El autoconcepto y la autoestima se forjan en el curso de las experiencias de la vida, a partir de las interrelaciones que dotan de significados a las actitudes y percepciones que los otros (padres, hermanos, profesores, compañeros, amigos, vecinos…) tienen de nosotros. Significados que interiorizamos y contribuyen a la construcción de nuestras actitudes y percepciones de nosotros mismos.

El autoconcepto influye (y a la vez es consecuencia de) decisivamente en la tendencia del alumnado a la hora de atribuir sus propios éxitos o fracasos. Así, en el caso de Luciana, su autoconcepto negativo (“soy muy burra”) y una baja autoestima la condenaban al fracaso, precisamente porque el miedo al propio fracaso la paralizaba ya antes de empezar. En definitiva, no hay mayor fracaso que rendirse antes de tiempo por miedo al fracaso.

Visto de otra forma, si realmente queremos ayudar a convertir el fracaso académico en un peldaño para alcanzar objetivos más altos, tendremos que esforzarnos en trabajar la autoestima de nuestro alumnado.

¿Das la importancia necesaria al autoconcepto y la autoestima que tu alumnado tiene de sí mismo? ¿Sabes cómo se ven y se valoran tus alumnos?


Aula EdEm

¿Te atreves a diseñar tu interior?

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